La correa ha tirado
The leash pulled
La semana pasada hablé de las herramientas con correa. Esta semana la correa ha tirado: un gobierno ordenó apagar el modelo de inteligencia artificial más potente jamás abierto al público y la empresa tuvo que desactivarlo para todo el mundo de un día para otro. Lo uso para una idea incómoda para quien construye encima de estas herramientas: dependes de algo que un tercero puede apagar cuando quiera. No te deja tirado del todo —puedes bajar a un modelo menos potente del mismo proveedor— pero el mejor desaparece sin avisar. Y no va de una empresa ni de un gobierno concretos: en Europa lo vivimos por el otro lado, con la nueva Siri que no llega por la regulación. Incluida una confesión: yo también llevo la correa.
Last week I talked about tools on a leash. This week the leash pulled: a government ordered the most powerful AI model ever opened to the public to be switched off, and the company had to disable it for everyone overnight. I use it for an uncomfortable idea for anyone who builds on these tools: you depend on something a third party can switch off whenever it wants. It does not leave you completely stranded —you can drop to a less powerful model from the same provider— but the best one vanishes without warning. And it is not about one company or one government: in Europe we are living the flip side, with the new Siri that will not arrive because of regulation. Plus a confession: I wear the leash too.
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TranscripciónTranscript · del guión del episodio· from the episode script
La semana pasada, en este mismo podcast, te hablé de las herramientas con correa. De que cada día usamos herramientas más potentes de lo que sus propios creadores se atreven a soltar del todo. Te dije que esa correa no se ve cuando todo va bien, que la notas el día que tira. Bueno. Pues ha tirado. Y ha tirado mucho antes de lo que yo esperaba.
Bienvenido a un nuevo episodio del podcast de Sergio.
Hace apenas tres días, una de las grandes empresas de inteligencia artificial puso a disposición del público su modelo más capaz. El mejor que cualquiera podía usar fuera de un laboratorio. Le duró un fin de semana. Porque el viernes por la tarde, ese modelo, y su hermano mayor, el de verdad, el que tenían guardado para unos pocos, desaparecieron de golpe. Apagados para todo el mundo, a la vez.
Y lo más llamativo no es que se apagaran. Es quién apretó el botón. No fue la empresa que los había construido. Fue un gobierno. El gobierno de Estados Unidos emitió una orden, amparándose en la seguridad nacional, y la empresa no tuvo más remedio que obedecer. De un día para otro, la herramienta más potente del mercado dejó de existir. No por un fallo. No por una avería. Por una orden.
Y conviene entender cómo funciona esto, porque es más raro de lo que parece. La orden, sobre el papel, no prohibía la herramienta a todo el mundo. Solo prohibía el acceso a los extranjeros, a quienes no son ciudadanos estadounidenses. Pero por la forma en que está montada esa ley, la única manera de cumplirla era apagarla para absolutamente todos. También para los propios americanos. Una norma pensada para dejar fuera a unos pocos acabó dejando fuera a todo el planeta.
¿Y cuál era el peligro? ¿Qué tenía esta herramienta para merecer un apagado de emergencia? Según el gobierno, una cosa muy concreta. Que, bien manejada, era capaz de leer código ajeno y encontrar ella sola fallos de seguridad por los que colarse. Una especie de llave maestra para reventar sistemas.
Y aquí toca ser justo y poner el matiz. Porque la empresa que la fabrica no está de acuerdo. Y sus razones no son malas. Dice, primero, que esa misma capacidad ya existe en otros modelos públicos de la competencia, que no tiene nada de exclusivo. Y dice, segundo, que el gobierno no ha enseñado pruebas sólidas, que toda la justificación fue, literalmente, de palabra. O sea, que no estamos ante un fallo demostrado de la herramienta. Estamos ante una decisión de despacho que ni siquiera comparte quien la fabricó. Y no necesito creerme a ninguno de los dos para quedarme con lo que de verdad me interesa.
Lo que de verdad me interesa es esto. Yo no soy analista de geopolítica. Soy alguien que construye cosas encima de estas herramientas. Durante años, el riesgo de depender de un servicio que no es tuyo se contaba en abstracto. Que si suben el precio. Que si cambian las condiciones. Que si un día lo retiran. Pues esto es esa amenaza, pero en su versión rápida.
Una mañana, el modelo sobre el que has montado tu trabajo es el más potente del mundo. Por la tarde, ya no está. Y cuidado, que tampoco es el fin del mundo. No te quedas tirado del todo: puedes bajarte a una versión más antigua y menos capaz, del mismo fabricante. La caja sigue ahí. Lo que te han quitado es la mejor herramienta de dentro. Pero esa decisión no la has tomado tú. Ni siquiera la ha tomado la empresa que la fabrica. La ha tomado alguien por encima de ella.
Y ojo, que esto no va de esa compañía en concreto, ni de ese gobierno en concreto. El sujeto de la frase se puede cambiar. Mañana será otra empresa, otro país, otra excusa. El patrón es siempre el mismo. Una pieza clave de tu trabajo vive dentro de una caja que no controlas, y que otro puede cerrar cuando le convenga.
Y no hace falta cruzar el Atlántico para verlo. Esta misma semana, aquí, en Europa, lo estamos viviendo por el otro lado. Apple ha presentado una versión nueva de su asistente, reconstruida sobre la inteligencia artificial de Gemini, la de Google. Y resulta que a los teléfonos europeos no va a llegar, de momento. La compañía dice que es culpa de la regulación europea. Bruselas le responde que no, que es una decisión voluntaria suya. Y mientras los dos se echan la culpa, el resultado para nosotros, cuatrocientos cincuenta millones de europeos, es exactamente el mismo. Nos quedamos sin la herramienta. Da igual quién apriete el botón. Lo que importa es que el botón no lo tienes tú.
Y aquí es donde me toca ser honesto conmigo mismo. Porque la respuesta sensata a todo esto me la sé de memoria. No casarse con un solo proveedor. Tener una alternativa que puedas alojar tú. Que tu trabajo pueda salir de la herramienta y seguir existiendo sin ella. Lo sé. Lo predico. Y no lo hago. Estoy completamente casado con esta tecnología. La uso todos los días. Tengo toda mi forma de trabajar montada a su alrededor. Y cambiarme me costaría mucho más de lo que me gusta admitir. Así que esta semana, para mí, es sobre todo un recordatorio incómodo. La correa no la lleva solo la herramienta. La llevo yo también. Y, de momento, prefiero no mirarla.
Y déjame terminar con la mayor de las ironías. Esta empresa ha construido buena parte de su fama avisando de lo peligrosos que son sus propios modelos. Repitiendo, una y otra vez, lo serio que es todo esto, lo cerca que estamos de que se nos vaya de las manos. Pues parece que alguien con poder la tomó en serio. Tan en serio, que le ha apagado el producto. Avisar a gritos de que tu herramienta es poderosa y peligrosa funciona de maravilla como publicidad. Hasta el día en que alguien con autoridad te toma la palabra.
Y con esa idea te quiero dejar. La herramienta más peligrosa, para quien construye, no es la que falla. Es la que dejas que se vuelva imprescindible. Sin tener un plan para el día en que, sin avisar, te la quiten. Nos escuchamos en el próximo.